domingo, 21 de septiembre de 2014

Quimera

Se siente como una canción volátil.
Sí, esta vida y no otra.

Puntas de dedos que se estiran exasperados
sólo por rozar el asfalto.

Y así se cuentan horas y se suman días
cortados y poco precisos.

Entonces están esas muñecas frente a mis ojos
y no decifro el flujo de mi sangre.

Nadie enseña a interpretar el pulso,
aunque esté aligerado y duela que no pese.

Entonces se escucha por ahí que no hay angustias
y puede que sea ese el mayor desconsuelo.

No, no es el desánimo el que me mueve.
Porque continúo en el ensueño;
es sólo que cuesta lidiarse a diario.

El iris se revuelve en extraña expedición,
quiero que duerma,
quiero que descanse,
¿Por qué se inmoviliza al primer contacto?
No hay respuesta.

El llanto hecho polvo
que coincide ahora con el pómulo derecho,
se desdibuja entre mis dedos
todo vuelto memorias.

Se detiene entonces el habla
y el apetito de la oralidad cesa.

Enmarañado y poco audible,
así se torna el aliento.

Y antes de que olvide la creación del verso,
antes de culminar esa imagen suya,
regreso.

No para encontrarle,
no tendría valía.

Más bien para angustiarme,
porque así me escribo,
de cabeza a pies.






lunes, 15 de septiembre de 2014

Llamado

He cerrado mis ojos y apretándolos con un leve forcejeo entre párpado y pestañas, deseo acudir al punto final.
Si relatara las negaciones nocturnas que se apoderaron de mí, partiendo de ti, no sería más que un vano intento por querer verme en otros pies, sin estos lazos y esta boca mía que no suele agradarme.
He pensado en las lunas que negué a mis dedos, solamente por no saber refugiar mis sentires en esos rayones de niña que lloré. Permanecer en el letargo, al cabo de un prudencial tiempo, acaba por perjudicarme. Hoy no quiero eso.
Las auto-confesiones que siempre acuden a mí con su amargue, ya no funcionan y en verdad añoro que no fuese así.
Mantener la voluntad de escribir es tedioso, pero no podría soportar no leerme de nuevo, aunque lo que escriba parezca un chiste, aunque un verso de Arjona tenga más valor literario... En fin, necesito desatarme.
Los cables se me enredan y de repente pienso en lo poco que leo ahora, en cuanto a lo que el consumo de libros refiere. A cambio, leo un mundo. Uno para el cual no se tiene una preparación previa, un prólogo o algo que evite el invertir el tiempo en él.

Aventada, así me siento. Como un saquito de carne que no sabe levantar la mirada y piensa "¿por qué carajos no puedo sentirme normal?" Es absurdo, pero más o menos es así. Y ni hablar de las ganas de escribirte y pedir una oportunidad para retornar de la pausa. No para continuar con una relación entrecortada, sólo algo de distraccion para las cabezas. Extraño esas conversaciones, eso es. Pero sé que no es posible bajo las circunstancias que ambos conocemos. Porque no supe detenerme cuando fue necesario y dejé que todo se desbordara.


¿Cómo es que te fue tan fácil librarte de mí, cuando yo llevo esta vida entera intentándolo?


Y te pido que comprendas que te escribo esto y sé que lo leerás, ya que la única intención de mis palabras es solicitar una tregua.
¿Cómo saber que la aceptas?


Sabes bien que leo entre líneas.

Ridículo y completamente fuera de todo entendimiento. Pero sabes que soy compleja, siempre lo supiste y también quiero probar que no me equivoco.¡Qué egoísta me he sentido!
No sé si aún conservas mi número y en dado caso que me entiendas, no dudes en sorprenderme. Sigo perdida, como me recuerdas y desesperada al punto de llamarte, a mí manera.

No hay más por escribir. Sé que podría esto serte bastante divertido. Si decides ignorarlo, entenderé, al fin y al cabo me he acostumbrado un poco a las consecuencias de mis actos. Sólo quiero que pienses un poco, ya que bien o mal, puede que en alguno de esos intercruces de palabras, hubieses pensado en esta pequeña mente confusa que de una u otra forma te era afín.

No olvido que debiste enseñarme mucho más, porque siempre admiré eso de ti.

Por ahora, jugaré a que quiero salvar el mundo, mientras muelo mis huesos.


martes, 19 de agosto de 2014

De mis intentos desesperados y otras cosas que apestan

La experiencia de toparme con una página en blanco se vuelve cada vez más abrumante e intimidadora. Parte de retomar el proceso de escritura, incluye un despiadado periodo de ausencia lírica. No consigo tener ideas concretas o si quiera un relato decente para escribir. Y me extraña, porque soy testigo y vocera de que mi historia los últimos meses se ha caracterizado por ahondar entre pasajes oscuros y momentos de alegría desmesurada.
Me quedan mis sueños, que bien o mal continúan aquí, haciéndome creer que el mundo onírico me representa mucho más disfrute que mi propia lucidez. Eso es todo.
Tiempo atrás, hubiese alardeado de mis nuevas posesiones. Caminando por la 54 tuve la maravillosa idea de escribir algo relacionado con el título "el llamado del uke" en alusión a mi nuevo amigo sonoro. Repasé la idea mientras me dirigía a la tienda de música y simplemente no cabía de la dicha porque se me ocurría por fin algo.
Ese día divagué bastante y cuando logré sujetar a Pancho (así me dijo que se llamaba, no es mi culpa) lo que tenía en mente se esfumó. Ya no era todo como antes.
Cuando fui a Cali, preparé una bitácora completisima de encuentros con la ciudad que vio a Caicedito nacer y apagarse. Un recorrido bastante emotivo y enriquecedor, sentido como un camino del infierno al cielo, el cual culminó con mi visita a su tumba, llevando flores rojísimas y llorando mientras le leía al flaco lo que le había  escrito. Sin lugar a duda una experiencia que trajo a mí, nuevas expectativas y dudas. Pero al llegar a Bogotá, mis incontrolables deseos por relatar los días vividos allá, se desvanecieron ante la desesperanza al confrontarme con ésta, mi realidad.
También hubiese escrito una y otra vez, los encuentros ocasionales con uno que otro Don, y la luna sonriéndome, y las malditas canciones... Todo eso que se viene encima con aquello de la cursilería y las falsas expectativas. Pero, desperté algún día sabiendo que no sirvo ni serviré para eso. No hay más que decir al respecto.
Mi mejor amiga volvió a estar en contacto conmigo y la ilusión de poder compartir las ocurrencias de esta cabecita mía, me impulsaba a realizar nuevos proyectos junto a ella.
Duele saber que cambié en estos años.
Pierdo seguido el contacto con ella por elección, no quiero que se desencante tan pronto de esta amistad que juramos eterna, no quiero que esta relación se quebrante y no quiero soportar la ruptura de otro lazo no-sanguíneo. Soy egoísta.
Es pronto para redirme y eso me gustaría tenerlo más que claro. Leo uno que otro blog y me agrada la persistencia de muchos, que no se dejan opacar ante los días que carecen de inspiración. Hay algunos que hacen de un evento tan trivial como ir al baño, una anécdota memorable. Y yo quiero eso. Pero no es tan sencillo.
Mientras continúo en este plan desgastante, deseo a usted lector/a que anda leyendo esto, (ya sea una casualidad o causalidad) un buen día/tarde/noche. Agradezco su seguimiento a estas poquísimas líneas que no son más que otro de mis fallidos intentos por resurgir en esta selva de las letras. A fin de cuentas, vale más esto que invertir mi tiempo en dar vueltas en la cama y sonarme la gripe.

lunes, 14 de julio de 2014

Laberintos (I)

Existen tantas cosas sin una explicación aparente. Misterios sin respuestas que han bailado sobre las neuronas de la humanidad en una mofa pintorezca. Lo desconocido trasciende como un miedo ridículo pero enorme que se aloja en nuestra psiquis. Nada nuevo escribo en esta entrada. Todo se ha mencionado con anterioridad y confieso saberme silueta de muchos grandes que jamás alcanzaré.
Llego a preguntarme, cómo a pesar del pesimismo que me caracteriza, aún conservo esperanzas. Esperanzas que se aferran a utopías, imaginables pero no reales, no en estos tiempos. Y hablo de estos tiempos, sin haber sido parte de otros y sin prueba distinta de éstos, que el mismo testimonio de la humanidad que hoy conozco. (O mas bien, desconozco)
Una humanidad en la que el oportunismo prima y que depende de leyes tan salvajes como la supervivencia del más fuerte. Una fortaleza reflejada no en facultades, sino, en poder y poderío. Humanidad acartonada que se alimenta de tabloides, chismes y farándula. Es triste no poder ser ajena a lo anterior, porque quisiera saber más sobre mis potencialidades y menos acerca de lo que me aleja de ellas, pero también soy humana.
Y terminamos, todos nosotros, usted y yo, reproduciendo una y otra y otra vez, lo peor que tenemos para ofrecer al otro, porque así nos enseñaron que estaríamos mejor, porque usted "nace solo y muere solo, papito/mamita ".
Con uñas y dientes nos despedazamos; cañones y escopetas, cuchillos para rebanar. Artillería preparada para la desdicha, pero ojalá nadie se entere y si se entera, puede elegir, porque somos "libres". Eso sí, está entre callar o ignorar, pero nunca actuar, oponerse o si quiera indignarse, porque es en vano, porque todas las causas están perdidas, porque un individuo no puede revelarse frente al peso de la historia que el hombre ha (de)construido.
¿Para qué?
Todo sigue igual y lo repito yo, ya me lo habían dicho y debería decirlo usted también. Porque mientras escribo esto, hay gente muriendo, enfrentada al hambre, las guerras, a la abominación que es el hombre. Y usted que a su vez me lee, no hace nada, mientras alguien asesina, viola, destruye.
Mencioné aún conservar las esperanzas y sé que con lo escrito, puede parecer todo lo contrario, pero quiero y necesito una razón para no encontrar esto más absurdo.
Seré profesora y he visto en los ojos de muchos niños, seres humanos mucho mejores a los que me he topado en ciertas ocasiones. Tanto ellos, como usted o yo, nunca pedimos nacer. Estar aquí es una coincidencia no menos que trágica, porque razonamos y somos conscientes de nuestro paso en este mundo, y del simple hecho de que moriremos algún día.
Es entonces como el afán de trascender, termina agobiando a unos cuantos y terminamos envueltos en una competencia que finaliza el día que perdemos el aliento...

miércoles, 18 de junio de 2014

Tic-toc

Con las manos gélidas, escondidas en mis bolsillos, recorro con mis pies el asfalto. Sigo la luna con la voz y en mi aullido débil acuno la levedad de mis problemas, los cuales constantemente me recuerdan la extrañeza de sentirme humana.

La verdad es que no hago nada más que ser parte de esta irrealidad colectiva.

Pensando bien cada movimiento, miro hacia los lados para atravesar las calle y si bien el lugar de mi destino está definido, no sé cómo es que resulté caminando hasta aquí.

Divagar no es un arte y con el pesimismo subido en la nuca me remito a un celador que atiende en la entrada.
Ya olvidé la última vez que me sentí dichosa por saberme parte del mundo.

Mi cuerpo arrastrado por un movimiento mecánico repite una y otra vez el ciclo. Sube y baja ascensores, medicina, nauseas y una vez más soy minúscula, un remedo de mártir, el manojo más inestable dentro del montón.

Aseguro que alguna vez sentí, pero hoy mis dedos no saben de caricias, no entienden qué hacer cuando alguien les busca a manera de llamar la atención y se contraen, no por miedo, sino por la detestable sensación que aquí nada perdura y que cada poro hace únicamente parte del infinito incomprensible para una mente con un entendimiento tan mediocre como la mía. Sólo eso.

He cambiado y también en un desesperado intento de desligarme de todo sentimiento que vulnere mi voluntad, me he negado de todo, de mí misma. He proyectado una imagen errónea de quien creo ser. No los culpo, he sido yo la encargada de excavar hasta el fondo y no querer desenterrarme. Y es que ¿Para qué encontrarse a sí mismo? Al final, la frustración toma poderío de aquellos que lograron una aproximación a dicho auto descubrimiento, sólo para hallarse más confundidos con respecto a su existencia y asediados por la insoportable soledad que los persigue.

El acto de escribir ha desembocado en una terrible culpa que estoy dispuesta a asumir. Estoy confesando la fragilidad que sucumbe bajo mi propia quimera de mujer. Permanezco ansiosa, esperando algo que sé, no llegará.

Abro la puerta de la habitación, me siento y cierro mis párpados. Sumida en el sueño encuentro mi descanso y el despertar cada vez me cuesta un poco más.
No quiero encarar aquello que tengo en frente, porque no tengo alguien que escuche el llanto de cada madrugada, sin consuelo ni razón definida. Es una angustia constante la que me lleva a desear que todo esto no sea más que una de esas tantas pesadillas que se convertían en pánico pero que al fin y al cabo, no podían regresar la noche siguiente.

Los minutos cuentan a través de mi piel y puedo visualizar mis rasgos con las marcas que la edad dejan. Nada me atormenta más que ese espectro al que me veré reducida en un futuro.
Caminar sin rumbo tomó un sentido no tan literal, que se ha colado en cada una de las acciones cotidianas.

Me pregunto si alguien, alguna vez, se ha sentido tan ausente del aquí y el ahora como yo.